Cristhian Fuentes

Obsolescencia programada

En la casa de mi abuela están las ollas, electrodomésticos y muebles que conozco desde siempre. Son los que vi cuando era niño y que sigo viendo años después cuando la visito. Todos funcionan. En cambio, sé que el dispositivo desde el que están leyendo esto tiene sus días contados. Es así desde el momento en que fue concebido.

De ser el tope de línea, ese teléfono pasará a ser lento en cuestión de meses. Y nada es para siempre, ya lo sabemos, el problema está en que el tiempo de vida se limite cada vez más. La obsolescencia programada es algo sabido en la tecnología, pero he estado pensando en qué tanto también esto aplica para los contenidos e ideas que creamos.

Los exponenciales avances tecnológicos justifican de alguna manera que los dispositivos requieran más poder. Tengo claro que mi computadora de hace diez años sería incapaz de correr fluidamente el sistema operativo que uso hoy. Lo mismo con las cámaras y teléfonos. ¿Pero tiene que ser así con todo?

Suele suceder que estas decisiones estén en nuestra billetera. Podemos hacer esfuerzos, que primero tienen que ver con darnos cuenta de lo que realmente necesitamos, sacarle todo el provecho a las herramientas y de ser necesario aprender cómo repararlas. No en vano el movimiento Right to Repair esté cobrando importancia.

Pero es una lucha. Y sí lo es en esos términos porque algunos fabricantes diseñan productos que poco tienen qué envidiar a una caja fuerte. Claro está que se trata de tener control sobre el producto y la calidad. Pero a un alto costo.

Y quizá esa dificultad para reparar también esté limitando nuestra creatividad. ¿Cuántas veces no nos encontramos desarmando nuestros juguetes para intentar repararlos o simplemente armarlos de nuevo? Las respuestas se nos dan por sentado sin espacio para explorar.

Esto es aún más peligroso, porque la obsolescencia no es únicamente material, es caer en tentación de lo nuevo porque es nuevo. Nuevamente, los movimientos sociales levantan banderas y el fast fashion también es señalado.

Está claro que vivimos en el mundo de lo superfluo. También nos toca ver hacia nuestras profesiones y cómo el consumo de contenidos ha cambiado. Hoy todavía me sigue sorprendiendo la idea de la movilización de equipos y tiempo invertido para producir un contenido que durará tan solo segundos en un feed de Instagram o TikTok.

Y aunque los algoritmos favorezcan lo pasajero, hay que cuestionarnos si el contenido que hacemos tiene una obsolescencia programada, o es de los que quedarán un buen rato. Claramente esto no tiene nada qué ver con el formato, y todo qué ver con el fondo. Recordemos que los formatos son el vehículo para llevar nuestras ideas.

Todavía hoy puedo recordar grandes ideas que me dejaron un impacto. Ideas que llevan casi décadas de existir. Son esas grandes historias, ideas universales que sobreviven a pesar de que las consuma en un documental de dos horas o un tweet de dos segundos. ¿Cuánto tiempo de vida tendrá la próxima idea que vamos a hacer?